¿Estamos construyendo ciudadanos libres o nuevos seguidores?


Durante las últimas semanas he dedicado tiempo a leer publicaciones relacionadas con la Junta Democrática de España, el pensamiento de Antonio García-Trevijano y la propuesta de la República Constitucional. Aunque no soy español, muchas de las cuestiones que plantean trascienden las fronteras nacionales porque abordan problemas universales: la democracia, el poder político, la representación y el papel del ciudadano.

Comparto varias de las críticas que realizan al sistema político actual. La concentración del poder, la influencia de los partidos políticos, la escasa participación ciudadana y la sensación de que la política se ha convertido en una actividad reservada para una minoría profesional son problemas que no existen únicamente en España. También son visibles en muchos otros países, incluido el mío.

Sin embargo, cuanto más analizo algunas de sus publicaciones, más me surge una pregunta que considero fundamental:

¿Estamos construyendo ciudadanos libres o simplemente nuevos seguidores?

La revolución comienza por uno mismo

Una frase con la que estoy completamente de acuerdo es:

"La revolución comienza por ustedes mismos."

Toda transformación social comienza en la conducta de los individuos.

Ningún sistema político funcionará correctamente si los ciudadanos son indiferentes, irresponsables o incapaces de analizar críticamente la realidad que les rodea.

La educación política, la reflexión y la participación son elementos fundamentales para cualquier democracia que aspire a ser algo más que una estructura administrativa.

Sin ciudadanos comprometidos, ninguna constitución, ninguna ley y ninguna institución podrán salvar una sociedad.

El problema de los líderes y los seguidores

Sin embargo, otra frase me hizo reflexionar:

"Convertiros en las personas a las que ustedes mismos seguiríais."

No comparto esa idea.

Un verdadero líder no busca seguidores.

Y un verdadero ciudadano tampoco debería necesitar seguir a nadie.

Los líderes auténticos construyen alianzas, cooperan, negocian y alcanzan acuerdos entre iguales.

La familia ofrece un ejemplo sencillo.

Un padre y una madre pueden desempeñar funciones distintas, pero ninguno es seguidor del otro. Ambos participan en la dirección de la familia y asumen responsabilidades compartidas.

Lo mismo debería ocurrir en la sociedad.

Cada ciudadano es un mundo propio.

Dentro de ese mundo no debería existir un seguidor, sino una persona responsable de dirigir su propia vida y de colaborar con otros ciudadanos igualmente libres.

El peligro de los faros intelectuales

También me llamó la atención la insistencia en convertirse en "faros intelectuales" y en la necesidad de leer la obra de un autor específico.

No tengo ningún problema con la lectura ni con el estudio.

De hecho, considero que son indispensables.

Pero existe una diferencia importante entre estudiar a un autor y convertirlo en una referencia incuestionable.

Cuando se afirma que quienes no han leído a determinado autor constituyen una lacra para el movimiento, aparece un riesgo que ya hemos visto muchas veces en la historia.

Surge una división entre quienes poseen el conocimiento correcto y quienes supuestamente carecen de él.

Entre los conscientes y los inconscientes.

Entre los iluminados y los ignorantes.

Y toda división de este tipo termina generando una nueva élite.

La democracia debería partir de una idea distinta:

Todos los ciudadanos poseen el mismo valor político independientemente de los libros que hayan leído.

¿Toda revisión es una traición?

Otro concepto que me preocupa es el uso de términos como "revisionismo" para referirse a quienes cuestionan o reinterpretan determinadas ideas.

Porque surge una pregunta inevitable:

¿Toda revisión es necesariamente una traición?

Si una doctrina no puede ser cuestionada, corregida o evolucionada, deja de ser una doctrina viva y se convierte en un dogma.

Las ideas no deberían ser objetos de culto.

Deberían ser herramientas para comprender la realidad.

Si una idea es verdadera resistirá la crítica.

Si es falsa o incompleta, merece ser corregida.

Y si surge una idea mejor, debería poder ser superada.

La evolución del conocimiento humano siempre ha dependido de la capacidad de cuestionar lo que antes se consideraba indiscutible.

Fidelidad a una persona o fidelidad a la verdad

Una de las afirmaciones más repetidas es que debe existir fidelidad a Antonio García-Trevijano y a sus ideales.

Personalmente, creo que la fidelidad pertenece a las relaciones humanas.

Las ideas deben pertenecer al ámbito de la verdad.

Puedo admirar profundamente a un pensador sin sentirme obligado a serle fiel.

La admiración no implica obediencia.

La admiración no implica sumisión intelectual.

La admiración no debería impedir la crítica.

De hecho, la mejor forma de honrar a un pensador es someter sus ideas al mismo examen crítico que él aplicó a las ideas de su tiempo.

La única solución posible

Otra afirmación que merece atención es la idea de que existe una única solución válida para los problemas políticos.

La historia está llena de movimientos que afirmaron poseer:

  • La única verdad.

  • El único camino.

  • La única solución.

Y precisamente ahí comenzaron muchos de sus errores.

Cuando alguien cree poseer la única solución posible, toda crítica se convierte en una amenaza.

Toda discrepancia se interpreta como una desviación.

Y toda alternativa pasa a considerarse un enemigo.

La democracia debería funcionar exactamente al contrario.

La democracia debería permitir la coexistencia de distintas ideas y la confrontación pacífica de propuestas.

Los errores no deben ocultarse

Otra frase que despertó mi atención fue:

"Dejemos atrás todos los errores que haya podido cometer la Junta anteriormente."

Desconozco cuáles fueron esos errores.

Pero precisamente por eso considero que deberían explicarse.

La transparencia no consiste en pedir confianza.

Consiste en ofrecer información.

Los errores no deben ocultarse.

Deben analizarse.

Deben comprenderse.

Deben corregirse.

Y deben servir para fortalecer la organización.

La confianza no nace del silencio.

La confianza nace de la verdad.

La contradicción que percibo

Después de analizar estas publicaciones, percibo una contradicción que no puedo ignorar.

Se critica la concentración del poder.

Pero se exalta la autoridad intelectual de una persona.

Se critica la dependencia política.

Pero se habla constantemente de fidelidad doctrinal.

Se critica la existencia de élites.

Pero se corre el riesgo de crear una nueva élite intelectual.

Se critica el seguimiento ciego.

Pero se exige lealtad a unas ideas consideradas superiores.

No digo que esa sea la intención.

Pero sí creo que existe el riesgo de reproducir exactamente aquello que se pretende combatir.

Mi propia propuesta: la Doctrina PE

No escribo estas reflexiones desde la comodidad de la crítica.

También he intentado desarrollar mis propias ideas.

La Doctrina PE es un pequeño documento donde planteo una visión diferente de la democracia y del poder ciudadano.

No pretendo que nadie la siga.

No busco discípulos.

No busco seguidores.

No busco fidelidad.

Sus principios fundamentales son:

  • El poder pertenece permanentemente al ciudadano.

  • La participación política es un derecho y también un deber.

  • El caudillismo debe ser rechazado.

  • Ninguna persona debe convertirse en una autoridad absoluta.

  • Las ideas deben poder evolucionar.

  • La ética debe acompañar al ejercicio del poder.

  • La transparencia debe ser una condición permanente del sistema.

Además, propongo una estructura inicial denominada Parlamento Cero, concebida como un espacio de formación política y construcción progresiva de una nueva cultura democrática.

Tal vez mis ideas estén equivocadas.

Tal vez sean incompletas.

Tal vez necesiten ser corregidas.

Lo acepto.

Porque no considero que ninguna doctrina deba quedar protegida frente a la crítica.

Reflexión final

No soy de España. No pertenezco a la Junta Democrática. No soy seguidor de Antonio García-Trevijano.

Pero como ciudadano considero que tengo el mismo derecho que cualquier otra persona a reflexionar sobre estas cuestiones.

Y cuanto más pienso sobre ellas, más me convenzo de algo:

La verdadera revolución política no consiste en sustituir unos líderes por otros.

No consiste en cambiar unos seguidores por otros. No consiste en cambiar una doctrina por otra.

La verdadera revolución comienza cuando cada ciudadano comprende que no necesita delegar completamente su pensamiento, su responsabilidad ni su poder en ninguna persona.

Porque una sociedad libre no se construye cuando todos piensan igual.

Se construye cuando millones de ciudadanos son capaces de pensar por sí mismos.