Antes de cambiar la Constitución, debemos cambiar la forma de hacer ciudadanía

 

Cada vez que leo las publicaciones de la Junta Democrática de España encuentro algo que valoro profundamente: la intención de ir más allá de la discusión entre partidos políticos.

Mientras muchos reducen la política a un enfrentamiento entre izquierda y derecha, la Junta Democrática insiste en que el problema es estructural. En eso coincido plenamente.

Cuando un partido reemplaza a otro prometiendo acabar con la corrupción y, años después, termina protagonizando escándalos similares, resulta evidente que el problema no puede reducirse únicamente a las personas que ocupan el poder.

La pregunta deja de ser quién gobierna y pasa a ser cómo está diseñado el sistema.

Hasta aquí, mi coincidencia es casi total.

Un ejercicio mental interesante

La Junta Democrática propone un ejercicio mental.

Imaginemos un Parlamento compuesto por diputados elegidos directamente por sus distritos, independientes de las cúpulas partidarias. Imaginemos un poder judicial realmente autónomo. Imaginemos un poder ejecutivo limitado exclusivamente a ejecutar las leyes. Imaginemos una auténtica separación de poderes.

Es un ejercicio interesante.

Pero mientras lo leía, me surgió otro ejercicio mental.

Mi propio ejercicio mental

Aceptemos que mañana existe exactamente ese sistema.

Ahora hagamos unas preguntas adicionales.

¿Quién formó a esos diputados?

¿Dónde aprendieron a debatir?

¿Dónde aprendieron a deliberar?

¿Dónde aprendieron a construir consensos?

¿Dónde aprendieron que el interés general debe estar por encima del interés personal?

Porque nadie nace siendo un buen representante.

Todos los jueces, diputados, ministros y presidentes fueron primero ciudadanos.

Y aquí encuentro una diferencia importante.

La Junta Democrática imagina una nueva arquitectura institucional.

Yo intento imaginar primero una nueva ciudadanía.

¿El sistema corrompe?

Muchas veces escuchamos que el sistema corrompe.

Creo que la realidad es un poco más compleja.

Quienes ingresan a un partido político conocen, en mayor o menor medida, las reglas del juego. Nadie los obliga a aceptar determinadas prácticas. Muchos terminan haciéndolo porque esperan obtener beneficios personales.

Pero creo que el daño más profundo del sistema no es que corrompa a los políticos.

Es que termina corrompiendo a la ciudadanía.

La acostumbra a delegar.

La acostumbra a esperar salvadores.

La acostumbra a creer que la política solo existe durante las elecciones.

Y cuando eso ocurre, la corrupción deja de parecer una excepción para convertirse en algo "normal".

La experiencia peruana

Escribo desde Perú.

Aquí elegimos directamente alcaldes, gobernadores, congresistas y presidente.

En teoría, cualquier ciudadano puede postular.

En la práctica, competir exige recursos económicos, contactos, estructuras partidarias y una organización que la mayoría de ciudadanos nunca tendrá.

Se dice que el dinero es necesario para realizar campañas.

Es cierto.

Pero esa misma realidad se convierte en un filtro que favorece a quienes ya cuentan con financiamiento o con intereses detrás de sus candidaturas.

Y quien financia una campaña rara vez lo hace por altruismo.

Después llegan los favores.

Después llegan los compromisos.

Después llega la corrupción.

Cuando finalmente el ciudadano entra a la cabina de votación, muchas veces ya no elige entre los mejores ciudadanos.

Simplemente escoge entre quienes lograron sobrevivir al propio sistema.

Y luego culpamos al pueblo por "no saber elegir".

La corrupción también se adapta

A veces creemos que basta con cambiar una regla para resolver el problema.

La experiencia demuestra que no.

En Perú hubo quienes pensaron que aumentar considerablemente el sueldo de los congresistas reduciría la corrupción.

La lógica parecía sencilla.

Si reciben buenos ingresos, no tendrán necesidad de robar.

La realidad fue distinta.

Los altos salarios no eliminaron la corrupción.

Se convirtieron en un incentivo adicional para llegar al poder.

La corrupción no desapareció.

Simplemente encontró nuevas formas de manifestarse.

Eso demuestra que ningún diseño institucional, por bueno que sea, elimina por sí mismo los problemas humanos.

El problema que casi nadie discute

Aquí aparece la pregunta que considero más importante.

Todos hablamos de la Constitución.

Todos hablamos del Congreso.

Todos hablamos del Poder Judicial.

Pero muy pocos hablamos del ciudadano.

¿Dónde aprende un ciudadano a participar políticamente?

¿Dónde aprende a deliberar?

¿Dónde aprende a controlar a sus representantes?

¿Dónde aprende a construir acuerdos?

En teoría, esa función debería cumplirla un partido político.

Pero la mayoría termina funcionando como una maquinaria electoral.

Los militantes siguen dirigentes.

Los dirigentes eligen candidatos.

Los candidatos buscan votos.

Y la ciudadanía continúa siendo espectadora.

Antes de cambiar el Estado

Aquí es donde nace una diferencia filosófica con la Junta Democrática.

Ellos comienzan por la Constitución.

Yo creo que debemos comenzar por la ciudadanía.

Ellos imaginan un nuevo Estado.

Yo intento imaginar primero una nueva forma de participación ciudadana.

No porque la Constitución sea poco importante.

Al contrario.

Precisamente porque es demasiado importante como para dejarla únicamente en manos de una élite, por preparada que sea.

Una Constitución necesita ciudadanos capaces de sostenerla.

Y esos ciudadanos no aparecen automáticamente cuando cambia el texto constitucional.

Se forman.

Aprenden.

Practican.

Se equivocan.

Deliberan.

Construyen confianza.

El Parlamento Cero

Esta reflexión es precisamente el punto de partida del Parlamento Cero.

No nace para competir con los partidos políticos ni para reemplazar las instituciones del Estado.

Nace para responder una pregunta anterior.

¿Dónde aprende una sociedad a gobernarse antes de intentar gobernar el Estado?

Creo que esa es la pregunta que aún permanece abierta.

Porque, al final, quizá el mayor error de nuestras democracias no sea únicamente haber diseñado mal las instituciones.

Quizá el error haya sido creer que primero debíamos construir el Estado y que, después, aparecería automáticamente una ciudadanía capaz de sostenerlo.

Tal vez el orden deba ser exactamente el contrario.