La democracia no comienza en la Constitución: comienza en el ciudadano

Durante los últimos días he leído varias publicaciones de la Junta Democrática de España y, aunque coincido con muchas de sus críticas al sistema político actual, también he descubierto una diferencia de fondo con la Doctrina PE.

No es una diferencia sobre quién debe gobernar.

Tampoco sobre si la monarquía parlamentaria funciona o no.

Ni siquiera sobre la necesidad de una verdadera separación de poderes.

La diferencia aparece mucho antes.

Una pregunta que cambió mi forma de entender la democracia

Cuando descubrí que la palabra democracia significa literalmente "poder del pueblo", me hice una pregunta muy sencilla:

¿En qué momento el poder del pueblo pasó a significar simplemente votar y delegar ese poder a una minoría?

Durante mucho tiempo pensé que el problema era que la democracia actual había dejado de ser una verdadera democracia.

Con el tiempo comprendí que la realidad era más compleja.

Nos guste o no, la inmensa mayoría del mundo reconoce como democracia un sistema basado en elecciones periódicas, representación política y delegación del poder.

Negar esa realidad no resuelve el problema.

La verdadera pregunta es otra.

¿Cómo puede evolucionar la democracia sin perder su significado original: el poder del pueblo?

El ejercicio mental

La Junta Democrática propone un ejercicio muy interesante.

Imagina una Constitución con una verdadera separación de poderes.

Imagina diputados elegidos directamente por sus distritos.

Imagina jueces completamente independientes.

Imagina un Ejecutivo limitado únicamente a ejecutar las leyes.

Acepto ese ejercicio.

Pero me gustaría proponer uno más.

Supongamos que mañana todo eso existe.

Entonces aparecen nuevas preguntas.

¿Quién formó a esos diputados?

¿Dónde aprendieron a debatir?

¿Dónde aprendieron a deliberar?

¿Dónde aprendieron a anteponer el interés general al interés personal?

Porque nadie nace siendo un buen representante.

Todos fueron primero ciudadanos.

El problema que casi nunca discutimos

Cuando hablamos de democracia solemos discutir sobre:

  • la Constitución;

  • el Parlamento;

  • los jueces;

  • el sistema electoral;

  • los partidos políticos.

Pero casi nunca hablamos del ciudadano.

¿Dónde aprende un ciudadano a ejercer la libertad política?

¿Dónde aprende a debatir con respeto?

¿Dónde aprende a construir acuerdos?

¿Dónde aprende a controlar a quienes gobiernan?

Si ese lugar no existe, cualquier reforma institucional dependerá siempre de que aparezcan personas excepcionalmente honestas.

Y la historia demuestra que ningún sistema puede sostenerse únicamente gracias a personas excepcionales.

¿El sistema corrompe?

Muchas veces escuchamos decir que el sistema corrompe.

Creo que la realidad merece un análisis más profundo.

Quienes llegan al poder aceptan unas reglas del juego porque esperan obtener determinados beneficios.

Sin embargo, el mayor daño del sistema no consiste únicamente en corromper a quienes gobiernan.

El daño más profundo consiste en acostumbrar a la ciudadanía a no participar.

A creer que la política termina cuando termina la campaña electoral.

A esperar que siempre aparezca un líder, un partido o una élite que resuelva los problemas colectivos.

Cuando eso ocurre, el pueblo deja de ejercer el poder y comienza simplemente a esperar.

La libertad política también es un deber

Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que la libertad política es únicamente un derecho.

Yo creo que también es un deber.

No basta con exigir mejores instituciones.

También debemos aprender a utilizarlas.

No basta con reclamar participación.

También debemos prepararnos para participar.

La libertad política requiere práctica.

Requiere experiencia.

Requiere aprendizaje.

Nadie aprende democracia únicamente leyendo una Constitución.

La democracia se aprende ejerciéndola.

La diferencia entre dos caminos

Aquí encuentro la principal diferencia entre la Junta Democrática y la Doctrina PE.

La Junta Democrática comienza preguntándose cómo debe organizarse el Estado.

La Doctrina PE comienza preguntándose cómo debe organizarse la ciudadanía.

La Junta Democrática parte de una nueva arquitectura institucional.

La Doctrina PE parte de una nueva cultura política.

Ambas perspectivas pueden ser compatibles.

Pero creo que una debe preceder a la otra.

Porque ninguna Constitución puede sostenerse durante mucho tiempo si quienes deben defenderla nunca aprendieron a ejercer la libertad política.

Una pregunta abierta

Quizá la cuestión más importante no sea:

¿Qué Constitución necesitamos?

Sino una mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

¿Cómo aprende un pueblo a gobernarse antes de intentar gobernar el Estado?

Mientras no respondamos esa pregunta, seguiremos cambiando gobiernos, partidos e incluso constituciones, pero siempre correremos el riesgo de reproducir los mismos problemas con distintos protagonistas.

Tal vez la democracia no empiece el día en que un pueblo vota.

Tal vez empiece mucho antes: el día en que los ciudadanos aprenden a ejercer el poder que siempre les perteneció.