Cuando comencé a desarrollar lo que hoy llamo Doctrina PE, ni siquiera imaginaba que terminaría escribiendo un libro sobre democracia. Tampoco tenía un nombre para aquella idea que rondaba mi cabeza. Solo había una pregunta que no dejaba de repetirse:
Si democracia significa "poder del pueblo", ¿por qué en la práctica el pueblo solo participa el día de las elecciones?
En aquel entonces mi respuesta era sencilla. Creía que la democracia consistía en la participación total de la población en las decisiones. Mirándolo hoy, probablemente muchos la identificarían como una forma de democracia directa.
Sin embargo, con el tiempo comprendí que aquella definición era insuficiente.
La pregunta que cambió todo
Durante años intenté mejorar mentalmente el sistema político tradicional. Pensé que el problema podía resolverse con una mejor Constitución, con mejores partidos políticos, con una verdadera separación de poderes o con representantes más honestos.
Pero siempre terminaba regresando al mismo punto.
Entonces apareció una pregunta que cambió completamente mi manera de entender la política:
¿Cómo aprende el pueblo a ejercer el poder?
Porque participar no es algo espontáneo.
Deliberar no es algo espontáneo.
Tomar decisiones colectivas tampoco lo es.
Todo ello requiere aprendizaje.
Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no era únicamente quién gobierna, sino que el propio sistema nunca ha enseñado al ciudadano a gobernarse.
El poder no se delega
Mientras seguía desarrollando la Doctrina PE, descubrí otro principio que, sin haberlo formulado expresamente, ya estaba presente desde el inicio.
El poder ciudadano no debería entenderse como algo que se entrega temporalmente a un representante.
El ciudadano puede delegar funciones administrativas, técnicas o de ejecución.
Pero no debería delegar la titularidad del poder.
El poder permanece siempre en la ciudadanía.
Ese principio terminó convirtiéndose en uno de los pilares fundamentales de la Doctrina PE.
El Parlamento Cero: una escuela de ciudadanía
Si el problema consiste en que el ciudadano nunca aprende a ejercer el poder, entonces la solución no puede limitarse a crear nuevas leyes o nuevos partidos.
Debe existir un lugar donde la ciudadanía aprenda.
Así nació el concepto del Parlamento Cero.
No como una institución destinada únicamente a votar.
No como una simple asamblea.
Sino como una escuela permanente de ciudadanía.
Un espacio donde la comunidad participa, delibera, toma decisiones, resuelve problemas, aprende de sus errores y desarrolla progresivamente su capacidad de autogobierno.
Porque una democracia no debería limitarse a producir decisiones.
También debería formar ciudadanos capaces de tomarlas.
Las instituciones también deben aprender
Otra idea fue apareciendo de forma casi natural.
Si las personas aprenden...
¿Por qué las instituciones no podrían hacerlo también?
Las comunidades cambian.
Los problemas cambian.
La tecnología cambia.
Las necesidades cambian.
Por eso las instituciones tampoco deberían permanecer congeladas.
Sus principios pueden mantenerse.
Pero sus métodos deben evolucionar.
Una democracia viva aprende.
Una democracia rígida termina convirtiéndose en una estructura incapaz de responder a una sociedad que cambia constantemente.
El Plan Cero
Durante mucho tiempo pensé que la Doctrina PE terminaba cuando el ciudadano aprendía a ejercer la libertad política.
Sin embargo, apareció una última pregunta.
¿Para qué aprende una comunidad a gobernarse?
La respuesta dio origen al Plan Cero.
Comprendí que el autogobierno no es el destino final.
Es apenas el comienzo.
Una comunidad aprende a ejercer el poder para poder planificar su propio desarrollo, resolver sus problemas, construir objetivos comunes, evaluar sus resultados y adaptarse continuamente a nuevas circunstancias.
En otras palabras, el Parlamento Cero forma ciudadanos.
El autogobierno les permite actuar.
Y el Plan Cero orienta esa capacidad hacia el desarrollo permanente de la comunidad.
Una democracia que evoluciona
Todo este recorrido también cambió mi definición de democracia.
La primera era muy sencilla.
La democracia es la participación total de la población en las decisiones.
Hoy la entiendo de otra manera.
La democracia PE es un sistema de organización del poder ciudadano donde el poder permanece de forma permanente, irrenunciable e intransferible en la ciudadanía, la cual lo ejerce directamente mediante la participación, la deliberación, el aprendizaje colectivo y la toma de decisiones, mientras que el Estado actúa como ejecutor de la voluntad ciudadana conforme a reglas libremente establecidas.
¿Será esta la definición definitiva?
Probablemente no.
Y eso no me preocupa.
Porque si la Doctrina PE sostiene que las comunidades deben aprender y evolucionar, también debe estar dispuesta a aprender y evolucionar ella misma.
La libertad también se aprende
Con frecuencia hablamos de libertad como si fuera únicamente un derecho.
Yo creo que también es un deber.
Un deber que exige preparación, responsabilidad y participación.
Nadie nace sabiendo ejercer la libertad política.
Se aprende.
Y, lamentablemente, el sistema actual rara vez enseña a hacerlo.
Nos enseña a obedecer.
Nos enseña a votar.
Nos enseña a reclamar derechos.
Pero pocas veces nos enseña a deliberar, construir acuerdos, asumir responsabilidades compartidas y ejercer directamente el poder ciudadano.
Quizá por eso la corrupción logra sobrevivir con tanta facilidad.
No porque todos los políticos sean necesariamente corruptos, sino porque el sistema termina acostumbrando también al ciudadano a aceptar como normales prácticas que nunca debieron serlo.
Una reflexión final
Después de muchos años estudiando la democracia, llegué a una conclusión que considero sencilla de expresar, aunque difícil de construir.
Una democracia auténtica no consiste únicamente en decidir quién gobierna.
Consiste en formar ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.
Solo cuando la participación deja de ser un acontecimiento excepcional y se convierte en una práctica permanente, la democracia deja de ser una promesa para convertirse en una realidad.
