Una reflexión sobre la democracia, la libertad política y la necesidad de construir el cambio desde abajo.
Durante mucho tiempo he seguido con interés las publicaciones de la Junta Democrática de España y la obra de Antonio García-Trevijano. Debo reconocer que muchas de sus críticas al sistema político actual coinciden con las inquietudes que, hace años, me llevaron a desarrollar la Doctrina PE.
La crítica a la partidocracia, la concentración del poder, la falta de separación efectiva de poderes o la ausencia de una verdadera representación política son temas que merecen ser debatidos. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que existe una pregunta aún más importante que casi nunca se plantea.
¿Quién debe cambiar realmente el sistema político?
La respuesta habitual suele ser: una nueva Constitución, mejores representantes, jueces independientes, listas abiertas, representantes revocables o instituciones más fuertes.
Todas esas propuestas pueden ser positivas.
Pero siempre termino haciéndome la misma pregunta:
¿Quién sostendrá esas nuevas instituciones?
Porque la historia demuestra que la corrupción posee una enorme capacidad para adaptarse a cualquier sistema cuando la ciudadanía permanece desorganizada.
Muchas veces creemos que el problema son únicamente los políticos.
Otras veces pensamos que son los partidos.
Algunos hablan de élites económicas, poderes internacionales o intereses ocultos.
Puede que parte de todo ello sea cierto.
Pero sigo creyendo que estamos observando las consecuencias y no la raíz del problema.
La democracia comienza antes del Estado
Etimológicamente, democracia significa "poder del pueblo".
Sin embargo, con el paso del tiempo ese significado terminó reduciéndose a votar periódicamente y delegar el poder en representantes.
La Doctrina PE propone recuperar ese significado original y llevarlo un paso más allá.
Para nosotros, la democracia es:
"Un sistema de organización del poder ciudadano donde el poder permanece de forma permanente, irrenunciable e intransferible en la ciudadanía, que lo ejerce directamente mediante la participación, la deliberación, el aprendizaje colectivo y la toma de decisiones, mientras el Estado actúa como ejecutor de la voluntad ciudadana conforme a reglas libremente establecidas."
Esta definición no surgió de un día para otro.
Fue evolucionando durante años, porque comprendí que la participación por sí sola no era suficiente.
La ciudadanía también necesita aprender.
La libertad política también se aprende
Existe una idea que repito constantemente.
La libertad política no es solamente un derecho.
También es un deber.
Y como todo deber, necesita aprenderse y ejercerse.
Ninguna Constitución puede garantizar la libertad política si los ciudadanos nunca han aprendido a utilizarla.
Del mismo modo que nadie nace sabiendo leer o escribir, tampoco nadie nace sabiendo deliberar, tomar decisiones colectivas o ejercer control sobre sus representantes.
Esas capacidades se desarrollan mediante la práctica.
No basta con cambiar las instituciones
En los últimos días he leído diversas propuestas para mejorar los sistemas políticos.
Representantes revocables.
Listas abiertas.
Separación de poderes.
Independencia judicial.
Todas ellas pueden contribuir a limitar el abuso del poder.
Pero ninguna responde completamente a una pregunta fundamental.
¿Cómo participa el ciudadano todos los días y no solamente durante las elecciones?
Porque si el ciudadano únicamente aparece para votar, el poder siempre terminará regresando a quienes permanecen organizados de forma permanente:
los partidos,
los caudillos,
las élites,
o cualquier otra estructura que ocupe ese espacio.
El Parlamento Cero
Por esa razón la Doctrina PE propone comenzar el cambio desde abajo.
No esperando que aparezca un líder extraordinario.
No esperando una nueva Constitución.
No esperando que un partido transforme el sistema.
Sino creando espacios permanentes donde la ciudadanía pueda aprender a deliberar, participar y tomar decisiones.
Ese espacio recibe el nombre de Parlamento Cero.
No pretende sustituir inmediatamente al Estado.
Pretende formar ciudadanos capaces de sostener una verdadera democracia.
El aprendizaje colectivo como fundamento de la democracia
Hace poco leí un interesante debate filosófico sobre si la política debía fundamentarse en la biología.
Mi conclusión fue distinta.
La naturaleza puede inspirarnos.
Pero la democracia no debe justificarse porque determinados animales cooperen entre sí.
Lo verdaderamente importante no es la cooperación por sí misma.
Lo importante es el aprendizaje colectivo.
Una comunidad sobrevive porque conserva su experiencia, transmite conocimientos a las nuevas generaciones, aprende de sus errores y se adapta constantemente.
Las sociedades humanas no son diferentes.
Reflexión final
Quizá el gran error de nuestra época sea pensar que la democracia comienza el día de las elecciones.
Yo creo exactamente lo contrario.
La democracia comienza mucho antes.
Comienza cuando los ciudadanos dejan de ser espectadores para convertirse en protagonistas de las decisiones que afectan a su comunidad.
Las instituciones pueden organizar el poder del Estado.
Pero solamente una ciudadanía organizada puede sostener una verdadera democracia.
