Democracia: ¿el sistema menos malo o el poder que aún no hemos aprendido a ejercer?


Hay una frase que aparece con frecuencia cuando se habla de democracia, y la recordé recientemente en un comentario en la Junta Democrática de España:

> «La democracia es el menos malo de los sistemas.»

La expresión puede parecer razonable si observamos los defectos de los distintos sistemas políticos que ha conocido la humanidad. Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ella, más preguntas me genera.

¿Menos malo respecto de qué?

Y, sobre todo: ¿qué estamos llamando democracia cuando decimos que es el menos malo?

Porque si democracia significa, etimológicamente, "poder del pueblo", entonces quizá el problema no sea que la democracia sea un sistema malo o bueno, sino que hemos construido una interpretación de ella que se ha alejado de su principio fundamental.

El problema empieza con la definición

Durante mucho tiempo también acepté la idea de que la democracia podía definirse sencillamente como la participación de la población en las decisiones. Incluso llegué a pensar que una democracia verdaderamente democrática debía permitir que la población participara directamente en todas las decisiones importantes.

Con el tiempo, sin embargo, esa definición también evolucionó. Comprendí que no bastaba con decir que el ciudadano debía participar. Había que responder preguntas mucho más difíciles:

  • ¿Participar cómo?
  • ¿Dónde?
  • ¿Para qué?
  • ¿Cómo aprende un ciudadano a participar políticamente?
  • ¿Cómo se organiza ese poder ciudadano?

Y entonces apareció una cuestión todavía más profunda:

¿Qué ocurre cuando una sociedad afirma que el poder pertenece al pueblo, pero enseña a sus ciudadanos principalmente a votar, elegir y delegar?

Ahí comenzó buena parte de mi reflexión sobre la Doctrina PE.

Si la democracia es poder del pueblo, ¿por qué debemos entregar el poder?

La democracia contemporánea suele presentarse mediante conceptos como:
  • elegir;
  • ser elegido;
  • votar;
  • representación;
  • alternancia;
  • partidos políticos;
  • instituciones representativas.
Todo ello puede tener una función dentro de un sistema político. Pero existe una contradicción que considero necesario discutir:

Si el ciudadano es titular del poder político, ¿por qué para ejercerlo debe entregarlo periódicamente a otras personas?

La respuesta habitual es que una sociedad moderna es demasiado grande y compleja para que todos puedan gobernar directamente. Puede haber razones prácticas para ello, pero una dificultad práctica no debería convertirse automáticamente en una definición de democracia. Porque entonces terminamos confundiendo dos cosas diferentes:

la titularidad del poder y la forma en que organizamos su ejercicio.

El ciudadano puede seguir siendo titular del poder aunque haya instituciones encargadas de determinadas funciones. La pregunta es otra:

¿Esas instituciones ejercen el poder ciudadano bajo control permanente de la ciudadanía, o terminan sustituyéndola?

El ciudadano que vota y el ciudadano que participa

Aquí encuentro una de las mayores dificultades del sistema actual. Hemos aprendido a votar, pero no necesariamente hemos aprendido a participar.

Desde pequeños aprendemos a obedecer normas, a aceptar autoridades, a elegir representantes y a esperar que quienes gobiernan solucionen nuestros problemas. Pero rara vez aprendemos de manera sistemática a:
  • deliberar;
  • construir acuerdos;
  • controlar decisiones públicas;
  • evaluar proyectos;
  • asumir responsabilidades colectivas;
  • participar en instituciones comunitarias;
  • resolver conflictos políticos;
  • ejercer directamente nuestra libertad política.
Entonces ocurre algo previsible. Cuando llega una elección, el ciudadano tiene que escoger entre las opciones que el sistema ya organizó. Y después de votar, la mayor parte del poder vuelve a concentrarse en quienes fueron elegidos. El ciudadano vuelve a ser espectador.

Por eso mi pregunta no es solamente ¿quién ganó las elecciones? Mi pregunta es:

¿Qué hizo el ciudadano con su poder durante los años que transcurrieron entre una elección y otra?

El sistema puede cambiar sin que cambie el ciudadano

Esta cuestión también me llevó a reflexionar sobre las propuestas de transformación política. Algunas personas consideran que el sistema actual está tan deteriorado que debe ser derribado y reemplazado completamente. Comprendo esa posición. Yo mismo pensé de manera parecida durante muchos años.

Pero después apareció una preocupación:

¿Qué ocurre si cambiamos el sistema, pero no cambiamos la capacidad política de los ciudadanos?

Podríamos terminar sustituyendo una élite por otra. Podríamos cambiar los nombres de las instituciones, modificar una Constitución, crear nuevas organizaciones y reemplazar a unos dirigentes por otros. Pero si el ciudadano continúa esperando que alguien piense por él, decida por él y gobierne por él, el problema fundamental permanece.

Por eso hoy prefiero hablar de evolución democrática. No porque considere que una revolución sea necesariamente ilegítima, sino porque considero que cualquier transformación política debería preocuparse también por desarrollar las capacidades de la ciudadanía.

No se conquista lo que ya pertenece al pueblo

Aquí existe una diferencia importante en mi interpretación. Cuando se afirma que los partidos políticos o las élites no entregarán el poder, comprendo perfectamente el sentido de esa crítica. Pero me pregunto:

¿Qué poder pueden entregar si, según la propia democracia, el poder pertenece al pueblo?

Lo que realmente se ha concentrado son determinadas capacidades para ejercerlo:
  • el control de instituciones;
  • el monopolio de la representación;
  • la capacidad exclusiva de decidir;
  • el acceso privilegiado a los mecanismos políticos;
  • y también privilegios económicos y políticos.

En mi interpretación, esos privilegios no son simplemente ventajas. Muchas veces son **formas de apropiación institucionalizada del poder ciudadano**, legitimadas directa o indirectamente por las reglas existentes y, periódicamente, por nuestro propio voto.

Por eso considero que el problema no consiste únicamente en conquistar el poder, sino en aprender a ejercer el poder que ya pertenece a la ciudadanía.

¿Por qué buscamos salvadores?

Esta reflexión me llevó también a reconocer algo incómodo: los ciudadanos no somos completamente víctimas del sistema. También participamos en su reproducción.

Cuando pensamos:

> «Necesitamos a alguien que sepa gobernar.»
> «Necesitamos un líder fuerte.»
> «Necesitamos a alguien que arregle el país.»
> «Necesitamos a alguien que conozca de política.»

estamos aceptando, aunque sea inconscientemente, que la política es una actividad reservada para unos pocos.

Y ahí puede aparecer nuevamente el caudillo. Puede cambiar su discurso, su ideología, presentarse como revolucionario, reformista, patriota, liberal, socialista, republicano o cualquier otra cosa. Pero si la relación sigue siendo **uno dirige y los demás siguen**, el problema de fondo permanece.

La Doctrina PE intenta plantear una relación diferente: no ciudadanos como seguidores, sino ciudadanos como líderes naturales de su propia vida, capaces de formar alianzas con otros ciudadanos para alcanzar objetivos comunes.

Libertad política: no solamente un derecho

Esta reflexión también modificó mi manera de entender la libertad política. La libertad política no debería reducirse a tener el derecho de votar, elegir o ser elegido. Esas pueden ser manifestaciones de libertad política, pero no necesariamente constituyen su ejercicio completo.

Para mí, la libertad política es también un **deber que el ciudadano debe aprender a ejercer**:

  • Tenemos derecho a participar, pero también la responsabilidad de aprender a hacerlo.
  • Tenemos derecho a decidir, pero también debemos aprender a deliberar antes de decidir.
  • Tenemos derecho a exigir, pero también debemos aprender a asumir responsabilidades.
  • Tenemos derecho a criticar, pero también deberíamos aprender a proponer soluciones.

De la crítica a la propuesta: Parlamento Cero

Fue precisamente de esta inquietud que nació el concepto del **Parlamento Cero**. No como una institución destinada simplemente a sustituir inmediatamente al Estado, ni como una organización para formar seguidores. La idea es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

crear un espacio donde el ciudadano aprenda a ejercer su poder político.

Un Parlamento Cero debería ser simultáneamente:
  • espacio de participación;
  • espacio de deliberación;
  • espacio de decisión;
  • espacio de aprendizaje;
  • espacio de organización comunitaria;
  • y, sobre todo, una escuela de ciudadanía.
Porque si queremos una democracia diferente, debemos comenzar formando ciudadanos capaces de sostenerla.

El ciudadano aprende, y la democracia también

Uno de los principios que fue apareciendo durante la evolución de mis ideas es: el ciudadano aprende. Pero existe una consecuencia lógica: si el ciudadano aprende, las instituciones también deben tener capacidad de aprender.

Por eso considero que los principios fundamentales pueden permanecer mientras las formas de participación evolucionan. No considero que cambiar una idea sea necesariamente cometer un error. Si una persona estudia, experimenta, escucha otras opiniones y descubre que su pensamiento anterior era incompleto, modificarlo puede ser precisamente una señal de madurez.

Eso también se aplica a la propia Doctrina PE. La doctrina no pretende ser una verdad terminada. Aprende, se adapta y evoluciona. Los principios fundamentales deben proporcionar estabilidad; las formas de organización y participación deben poder cambiar cuando la experiencia demuestra que pueden mejorar.

¿Y qué queremos construir?

Aquí aparece otro descubrimiento importante. Durante mucho tiempo pensé que el objetivo terminaba cuando el ciudadano aprendía a ejercer su libertad política. Hoy considero que eso es solamente una parte del camino. Debemos preguntarnos:

¿Para qué queremos ejercer ese poder?

La respuesta nos conduce al **Plan Cero**. Si el Parlamento Cero permite que los ciudadanos aprendan a gobernarse y participar, el Plan Cero busca responder qué queremos construir con ese poder. No se trata únicamente de cambiar autoridades o ganar elecciones. Se trata de construir una visión colectiva de comunidad:
  • ¿Qué ciudad queremos?
  • ¿Qué distrito queremos?
  • ¿Qué región queremos?
  • ¿Qué país queremos construir?
Y esa visión debería poder trascender a los gobiernos de turno.

Así, el proceso adquiere una lógica:

Participación → aprendizaje → capacidad ciudadana → autogobierno → planificación colectiva → construcción del futuro.

¿Democracia perfecta o sistema menos malo?

Por eso tengo una diferencia conceptual con la afirmación de que la democracia es simplemente «el sistema menos malo». No pretendo decir que las democracias existentes sean perfectas. Evidentemente no lo son: hay corrupción, concentración de poder, privilegios, burocracia, desigualdad política, partidocracia y muchas otras deficiencias.

Pero quizá deberíamos distinguir entre la democracia como principio y los sistemas que históricamente hemos construido para intentar organizarla.

Si el principio democrático es que el poder pertenece al pueblo, entonces no considero que ese principio sea «el menos malo». Considero que es el punto de partida. Lo que puede ser bueno, malo, insuficiente o incluso contrario a ese principio son las estructuras que hemos construido alrededor de él.

Por eso no creo que necesitemos perfeccionar el principio de democracia. Necesitamos revisar nuestra interpretación y mejorar las estructuras mediante las cuales el ciudadano ejerce ese poder.

Una pregunta para todos

No pretendo afirmar que la Doctrina PE tenga todas las respuestas. De hecho, todavía está aprendiendo. Pero creo que puede aportar una pregunta que muchas veces dejamos de lado:

> Si el poder pertenece al pueblo, ¿cómo aprende el pueblo a ejercerlo?

No solamente cómo vota, cómo elige, cómo reclama o cómo protesta. Sino cómo: **delibera, decide, controla, aprende, se organiza, asume responsabilidades y construye colectivamente su futuro.**

Tal vez la diferencia entre una democracia que simplemente funciona electoralmente y una democracia realmente ejercida por sus ciudadanos se encuentre precisamente ahí.

Revolución, reforma o evolución

No sé si la transformación democrática tendrá que llamarse revolución, reforma o evolución. Tampoco considero que una sola persona tenga la respuesta definitiva.

Lo que sí creo es que cambiar los nombres de las instituciones no será suficiente. Tampoco será suficiente cambiar una Constitución, ni un partido por otro, ni sustituir una élite por otra. Si el ciudadano continúa sin saber ejercer su poder, cualquier sistema corre el riesgo de volver a concentrarlo.

Por eso mi pregunta no es solamente ¿cómo cambiamos el sistema? Mi pregunta es:

> ¿Cómo conseguimos que el ciudadano sea capaz de impedir que cualquier nuevo sistema vuelva a concentrar el poder que le pertenece?

Ahí comienza, para mí, la verdadera discusión sobre la democracia. Y ahí es donde intento aportar con la Doctrina PE, el Parlamento Cero y el Plan Cero.

Porque quizá el desafío democrático más importante no sea encontrar quién gobierne por nosotros.  
Quizá sea aprender a gobernarnos entre nosotros.