¿Qué significa realmente ser políticamente libre?
Cuando hablamos de libertad, normalmente pensamos en la libertad de pensar, hablar, trabajar, emprender, creer o vivir de acuerdo con nuestras propias decisiones.
Pero existe otra libertad que pocas veces analizamos con la misma profundidad:
la libertad política.
¿Qué significa ser políticamente libre?
¿Es simplemente tener derecho a votar?
¿Es poder elegir y ser elegido?
¿Es pertenecer a un partido político?
¿Es poder manifestarse contra un Gobierno?
¿O significa algo mucho más profundo: tener la capacidad de ejercer el poder político que, según la propia democracia, pertenece al pueblo?
Esta última pregunta es la que me ha llevado a replantear progresivamente mi propia concepción de la democracia y a desarrollar la Doctrina PE.
Libertad individual y libertad política
Creo que es importante distinguir ambas.
La libertad individual pertenece a cada persona y se relaciona con su capacidad de decidir sobre su propia vida dentro de los límites que permiten la convivencia y los derechos de los demás.
La libertad política también pertenece a cada ciudadano, pero tiene una característica diferente:
su ejercicio se desarrolla sobre asuntos que afectan a la comunidad.
Por eso considero que la libertad política es individual en su titularidad, pero colectiva por naturaleza en su ejercicio.
Cada ciudadano posee la libertad política.
Pero la política aparece cuando los ciudadanos deben decidir juntos sobre aquello que tienen en común.
No desaparece el individuo dentro de la colectividad.
Al contrario: la colectividad democrática debería estar formada por ciudadanos capaces de participar libremente en ella.
La libertad política no debería ser solamente un derecho
Existe una idea que considero fundamental:
la libertad política no es únicamente un derecho; también es un deber que debemos aprender a ejercer.
Podemos reconocer constitucionalmente que todos tenemos derecho a participar en política.
Pero ¿qué ocurre si nunca hemos aprendido a hacerlo?
Si no sabemos deliberar, construir acuerdos, evaluar propuestas, asumir responsabilidades, controlar decisiones o participar en una organización comunitaria, tendremos el derecho formal, pero careceremos de las capacidades necesarias para ejercerlo plenamente.
Por eso considero que la libertad política debe ser aprendida.
Nadie nace sabiendo gobernar.
Nadie nace siendo alcalde, congresista o presidente.
Los propios políticos adquieren experiencia ejerciendo responsabilidades.
Entonces surge una pregunta:
¿Por qué una sociedad considera normal formar gobernantes, pero no formar ciudadanos capaces de ejercer el poder político?
¿Quién tiene realmente el poder?
Aquí aparece una de las principales diferencias entre la Doctrina PE y algunas concepciones de la libertad política.
Desde mi perspectiva, el pueblo no perdió el poder.
Si aceptamos que democracia significa poder del pueblo, entonces el poder pertenece a la ciudadanía.
Lo que las élites y los partidos han concentrado son los privilegios para ejercerlo en exclusiva.
Y esos privilegios no son únicamente económicos.
También existe el privilegio de decidir, representar, controlar instituciones y utilizar el poder político que, en principio, pertenece a todos.
Con el paso del tiempo, la ley, la historia y las costumbres han creado una idea que hoy parece natural:
gobernar un país es una tarea reservada para unos pocos.
Se nos ha acostumbrado a pensar que solamente determinados dirigentes poseen la experiencia, el conocimiento o la capacidad necesaria para gobernar.
Mientras tanto, al ciudadano común se le asigna principalmente una función:
elegir entre ellos cada cierto tiempo.
El ciudadano como elector y no como protagonista
La democracia moderna ha conseguido algo aparentemente contradictorio.
Nos dice que el poder pertenece al pueblo.
Pero al mismo tiempo nos enseña que la forma principal de ejercer ese poder consiste en elegir a quienes lo ejercerán en nuestro nombre.
Así, la participación política termina reducida con frecuencia al voto.
El ciudadano vota.
El representante gobierna.
El ciudadano espera.
El representante decide.
Y después de algunos años el ciudadano vuelve a votar.
No afirmo que votar carezca de importancia.
El problema aparece cuando votar se convierte en la única forma significativa de participación política.
Porque entonces el ciudadano no aprende a ejercer el poder.
Aprende a delegarlo.
¿Caudillos, seguidores o ciudadanos?
Aquí aparece otra cuestión fundamental.
La política tradicional suele organizarse alrededor de relaciones de liderazgo.
Un líder.
Sus seguidores.
Una organización.
Una estructura.
Una élite dirigente.
La Doctrina PE intenta plantear una relación diferente.
No considero que el ciudadano deba buscar permanentemente un caudillo que piense por él.
Tampoco considero que una nueva organización política deba limitarse a sustituir una élite por otra.
Cada ciudadano es, en cierto sentido, líder de su propio mundo.
Dirige su vida.
Toma decisiones.
Asume responsabilidades.
Tiene conocimientos y experiencias que otros no poseen.
Dentro de ese mundo no necesita seguidores.
Cuando varios ciudadanos tienen un objetivo común, lo que necesitan no es que unos sigan a otro.
Necesitan formar alianzas.
Por eso la relación que propone la Doctrina PE intenta pasar de:
Caudillo → seguidores
a:
Ciudadanos → alianzas → comunidad → decisiones colectivas.
La libertad política es colectiva por naturaleza
Esto no significa que el ciudadano pierda su individualidad.
Significa que la libertad política adquiere su verdadera dimensión cuando se ejerce sobre asuntos comunes.
Una persona puede decidir individualmente sobre muchos aspectos de su vida.
Pero ninguna persona puede decidir individualmente sobre todo aquello que afecta a una comunidad.
Por eso necesitamos participación.
Y si hablamos de participación, aparece inevitablemente una pregunta:
¿Dónde participa el ciudadano?
No basta con decir que la democracia es participativa.
Hay que construir los espacios donde esa participación pueda ocurrir.
No basta con afirmar que el pueblo tiene el poder.
Hay que desarrollar las instituciones que permitan ejercerlo.
No basta con decir que todos somos libres.
Hay que enseñar a ejercer responsablemente esa libertad.
El Parlamento Cero: aprender a ejercer la libertad política
De esta reflexión nació el Parlamento Cero.
No como un nuevo partido.
No como una nueva élite.
No como una organización destinada a fabricar seguidores.
Y tampoco como una institución que pretenda tener todas las respuestas.
El Parlamento Cero nace como una escuela permanente de ciudadanía.
Un espacio donde el ciudadano pueda aprender mediante la práctica.
Participar.
Deliberar.
Proponer.
Escuchar.
Construir acuerdos.
Tomar decisiones.
Asumir responsabilidades.
Evaluar los resultados.
Aprender de los errores.
Y volver a participar.
Porque una ciudadanía políticamente libre no se construye únicamente leyendo sobre política.
Se construye haciendo política responsablemente.
De la conquista del poder al aprendizaje del poder
Esta es probablemente una de las principales conclusiones a las que he llegado después de muchos años de reflexión.
Muchas propuestas políticas preguntan:
¿Cómo conquistamos el poder?
Yo prefiero formular otra pregunta:
¿Cómo aprendemos a ejercer el poder que ya pertenece a la ciudadanía?
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.
Si creemos que el pueblo no tiene poder, tendremos que conquistarlo.
Pero si entendemos que el poder pertenece al pueblo y que el problema es que no ha desarrollado las capacidades para ejercerlo de forma organizada y permanente, entonces la prioridad cambia.
Ya no se trata solamente de conquistar.
Se trata de aprender.
No reforma, no revolución: evolución
Tampoco considero que la solución consista necesariamente en reformar algunas partes del sistema o destruirlo completamente para comenzar desde cero.
Mi propuesta ha evolucionado hacia una tercera posibilidad:
la evolución democrática.
No significa aceptar el sistema tal como está.
Significa desarrollar progresivamente nuevas capacidades ciudadanas y nuevas estructuras de participación desde abajo.
Primero la comunidad.
Después su coordinación con otras comunidades.
Después estructuras mayores.
El principio permanece.
La forma de participación puede evolucionar.
La comunidad aprende.
Y al aprender, mejora su capacidad de autogobierno.
¿Y qué hacemos después de aprender a gobernarnos?
Esta pregunta también cambió mi propia concepción de la Doctrina PE.
Durante mucho tiempo pensé que el objetivo final era que el ciudadano aprendiera a ejercer su libertad política.
Hoy considero que ese es solamente el comienzo.
Porque una comunidad no aprende a gobernarse únicamente para poder decidir.
Aprende a gobernarse para construir su propio futuro.
De ahí surge el Plan Cero.
El Parlamento Cero busca desarrollar la capacidad política de la ciudadanía.
El autogobierno permite ejercer esa capacidad.
Y el Plan Cero busca orientar esa capacidad hacia un proyecto común de largo plazo.
De esta manera:
Poder → aprendizaje → participación → autogobierno → proyecto común.
¿Una doctrina necesita seguidores?
Esta pregunta también forma parte de mi reflexión personal.
No me opongo a que otros movimientos soliciten aportes voluntarios para financiar sus actividades, publicaciones, camisetas, polos, publicidad u otros medios de difusión.
Sé lo difícil que es desarrollar una ideología, una doctrina o cualquier proyecto político y conseguir que llegue a otras personas.
Pero ese no es el camino que busca la Doctrina PE.
No desarrollé esta doctrina para conseguir seguidores.
La desarrollé porque considero que hay problemas que necesitan ser discutidos y porque creo que la ciudadanía no debería limitarse a criticarlos.
Criticar es necesario. Proponer también. Participar es todavía más importante.
Por eso prefiero que las ideas sean cuestionadas.
Incluso por quienes no estén de acuerdo conmigo.
La Doctrina PE no debería convertirse en una verdad que los ciudadanos simplemente acepten.
Si eso ocurriera, estaría reproduciendo exactamente aquello que intenta superar.
El papel del liderazgo
Reconozco mis propias limitaciones.
No tengo todo el conocimiento.
No dispongo de todo el tiempo que quisiera.
Tengo que trabajar y atender mis responsabilidades personales y sociales.
También reconozco que todavía estoy aprendiendo y que no siempre encuentro la mejor manera de expresar mis ideas.
Pero eso no significa que no pueda aportar.
Me considero un líder en el sentido más sencillo de la palabra:
he decidido asumir la responsabilidad de desarrollar una idea y ponerla a disposición de otros para que sea cuestionada, mejorada y, si es necesario, superada.
No quiero que otros me sigan.
Quiero encontrar ciudadanos con los que pueda formar alianzas.
Porque considero que un líder político verdaderamente democrático no debería medir su éxito por la cantidad de seguidores que consigue.
Debería medirlo por la cantidad de ciudadanos que consigue ayudar a pensar y actuar por sí mismos.
Una definición en evolución
La Doctrina PE tampoco nació con una definición definitiva de democracia.
Al principio mi concepción era mucho más sencilla:
la democracia es la participación total de la población en las decisiones.
Con el tiempo comprendí que esa definición era importante, pero incompleta.
La participación necesita aprendizaje.
El aprendizaje necesita práctica.
La práctica necesita instituciones.
Y el autogobierno necesita un propósito.
De esa evolución surgió la definición actual:
La democracia PE es un sistema de organización del poder ciudadano donde el poder permanece de forma permanente, irrenunciable e intransferible en la ciudadanía, la cual lo ejerce directamente mediante la participación, la deliberación, el aprendizaje colectivo y la toma de decisiones, mientras que el Estado actúa como ejecutor de la voluntad ciudadana conforme a reglas libremente establecidas.
Y probablemente esta definición también seguirá evolucionando.
Porque una doctrina que habla de aprendizaje ciudadano no puede pretender que ella misma haya terminado de aprender.
Libertad política: el comienzo, no el final
Quizá la diferencia más importante entre esta perspectiva y otras propuestas de libertad política pueda resumirse en una pregunta.
No solamente:
¿Cómo recuperamos la libertad política?
Sino:
¿Cómo conseguimos que el ciudadano aprenda a ejercerla para que ningún sistema, partido, élite o caudillo vuelva a concentrarla?
Para la Doctrina PE, la libertad política es un derecho.
Pero también es una responsabilidad.
Y por eso debe aprenderse.
No necesitamos ciudadanos que simplemente sigan líderes.
Necesitamos ciudadanos capaces de liderarse a sí mismos, formar alianzas con otros ciudadanos y construir juntos las decisiones de su comunidad.
Porque la libertad política no termina cuando conseguimos el derecho a participar.
La libertad política comienza cuando aprendemos a ejercerla.
Y quizá ese sea uno de los mayores desafíos de cualquier democracia:
no solamente formar buenos gobernantes, sino formar ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos y de gobernar responsablemente junto a los demás.
